Cuaderno de las islas puede parecer un libro de crónicas de viajes, un testimonio de experiencias en países lejanos en que se ha sustituido la prosa objetiva, atenta a la vaciación de los detalles y a la impresión (mínima) que produce el paisaje en un visitante de otro lado del mundo, tal vez ansioso por descubrir en lo exótico la razón de ser de su escritura, por la poesía. Pero sucede que el traslado de géneros implica, aun a ese nivel superficial, tal vez prejuicioso, cambios sustanciales: pasar a poesía una recorrida por lugares públicos y privados de un espacio ajeno supone, en primer lugar, el paso de la horizontalidad de la prosa a la verticalidad de un solo tiempo, ése desde el cual se escribe, que es el natural de la poesía; de esa manera, lo que es lineal y sucesivo se hace lineal y simultáneo, pero también consciente. No es posible, por eso y en segundo lugar, privilegiar al referente sino a su versión de lenguaje, porque es éste el encargado de situar impresiones y asombros en una perspectiva que su propio discurso anima. Porque, en tercer lugar, las impresiones y los asombros se van construyendo como un diálogo que cada poema establece, a fuer de fiel a la descripción, a fuer de sincero a un nivel que sólo la poesía entiende, entre su lengua y sus similares en la realidad que describe: los nombres, los datos, las palabras en otro idioma, anclan la visión en eso, que es una forma particular de realidad, y una forma particuar de dar cuenta de la realidad.
Pero además, si la poesía está centrada en la mirada, si estos textos son ejercicios de visualización ( tanto de los “lugares” como de las fases de la luna, como de espacios íntimos) es porque en ellos se mira con las palabras. Ése es otro nivel del libro, el más arriesgado, y que Teresa Amy entiende como consecuencia de situarse en una clave poética sin renunciar a la descripción: el lenguaje se usa para mirar, para seguir objetos, para seguir accidentes de la realidad, y no como vehículo neutro de la mirada; en vez de asistir al espectáculo de lo exterior, se interviene en él, se loabre para sacar de ahí las historias que su superficie revela. Y es en este punto, tal vez el más cercano a una ética de la composición del libro, que el lector se pregunta: ¿descripción de qué son los poemas? Si hay una mirada a los datos, a los aspectos, a los volúmenes, a las decoraciones, a las circunstancias; si hay u un apego a la superficie, esa actitud mimética es inversamente proporcional a la desrealización que el lenguaje poético imprime. De ahí lo de poner lugares entre comillas, porque la mirada misma agota la realidad de lo visible para pasar a otro estrato: ése de la sintaxis respiratoria que permiten los blancos y los cortes, y donde se juega más la técnica escritural de Amy. El tono es descriptivo, pero las cosas dejan de verse una vez que esa máquina poética, de razonamiento interno al dato, se pone en funcionamiento.
La poesía (y eso es algo que la autora ha entendido cabalmente) es un discurso que produce sentido a partir de las relaciones entre sonido y sintaxis, por un lado, y de ese conjunto con su objeto, inventado por él, por otro: en la medida en que ese objeto es tratado, a su vez, como un signo, y como la sintaxis en particular está basada en una lógica de elecciones, de analogías que se sostienen exclusivamente por el presente de lenguaje en el cual se dan , el sentido es una mirada que se renueva sin agotarse ni resolverse nunca, en una ambigüedad (tal vez el mayor logro, nuevo además, de Amy) que brilla extrañamente en los textos. De ahí que el tono continuo, de crónica de realidades, sirva de base a un encadenamiento de afirmaciones en el que, como parte del diálogo con su objeto inasible, como un comentario simultaneo a las variaciones de su objeto, surge la subjetividad: es ahí, en ese trabajo de restricciones, despliegues y riesgos que el ritmo impone, que trabaja la mirada, y que el libro de crónicas se transforma, a pura conciencia del medio, en un excelente libro de poesía.
Roberto Appratto